lunes, 3 de octubre de 2016

Estirando el tiempo


Alternando días en casa y en Córdoba, así podría resumirse el mes de septiembre. Con una de las calabazas del huerto hice alboronía la semana pasada. El sabor dulce del pisto andaluz no tiene parangón, más como lo hace mi madre que es también como lo hacía mi abuela. Ahora que todo son gastrotabernas, gastroexperiencias, cocina gourmet y fusión, recuperar todas esas auténticas recetas de cocina se me antoja similar a mantener a cobijo el recuerdo vivo de una tradición culinaria que no debería desaparecer ni convertirse en fósil, como he llegado a leer en algún artículo de aquellos que abogan por las nuevas corrientes en la cocina.
Feliz estos días, habiendo logrado mi título de francés, y libre, sabiendo que recupero el control de mis tardes, he puesto en marcha bordados y proyectos para mantenerme ocupada buena parte del año ya. Ahora que me veo superada por mis deseos de actividad y creatividad, las tardes comienzan a ser demasiado breves, será por ello que corro a bordar en la terraza de casa o a tomar el café, viendo llegar los atardeceres naranjas y cómo deslumbra la colección de crasas de mi madre (tan sólo un rincón aparece en la foto).
En el piso aún queda la puesta a punto de varios rincones -empiezo a obsesionarme con llenar el salón de flores y plantas- quizás porque sienta que es la única manera que tengo de verme rodeada un poco más de naturaleza. Es extraño, después de haber vivido quince años en casa, en el campo, regresar a la ciudad y vivir en una calle sin árboles. 
El día que se cumplía nuestro segundo mes de casados preparé un espectacular ramo de lisianthus blanco, brezo, flores de verbena rosa y ramas de eucalipto y esparraguera. Las flores duraron muchos días y el aroma, especialmente el de eucalipto, te daba la bienvenida siempre que entrabas a la estancia.

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